Maximizando

07.07.2018

Habia una vez...

Había una vez, un mundo en el que las personas iban a trabajar y eran felices. Disfrutaban de sus tareas y se sentían emocionadas y energizadas por su trabajo. Debido a que el trabajo de todos resultaba divertido y tenía sentido, la gente se la pasaba sonriendo mientras trabajaba. Algunos hasta silbaban y cantaban porque su labor les daba energía y los hacía felices. Por cierto, a raíz de que esto les brindaba tanta felicidad, no llegaban a casa con la necesidad de recuperarse de sus tareas bebiendo una copa o dos leyendo el diario a solas. Tampoco tomaban antidepresivos ni ansiolíticos. No sufrían de fatiga crónica. Por otra parte, como eran tan felices, cuando no trabajaba tenía muchísimo tiempo y energía para su familia y para las otras cosas que quisieran hacer o que necesitaran para vivir. Los miembros de una pareja tenían mucho tiempo para estar juntos, disfrutar uno del otro y expresarse su amor. Los padres tenían la energía, el tiempo y la atención para conectarse realmente con sus hijos, conversando con ellos, escuchándolos y jugando.

El mundo era un lugar feliz. La vida tenía sentido. La gente sentía la dicha de estar viva. La risa brotaba fácilmente y con frecuencia de los labios de todos. Esto se debía a que todos eran guiados por su propia brújula interna, puesto que sabían reconocer y escuchar la voz de esa brújula.

Desde pequeños, aprendían a darse cuenta si eran más felices en medio de una multitud, en lugares llenos de bullicio y compitiendo con otros, o bien en lugares menos concurridos, más tranquilos y sin competir con los demás. Esto les indicaba cuanta estimulación necesitaba el cerebro desde el mundo exterior para ser felices y efectivos. Les hacía saber si eran sumamente extrovertidos y necesitaban mucha estimulación externa, o si era muy introvertidos y necesitaban muy poca estimulación externa para ser dichosos y para pensar y actuar de manera efectiva, o bien no eran ni muy extrovertidos ni muy introvertidos porque sus cerebros necesitaban y disfrutaban sólo de una cantidad equilibrada de estimulación externa.

De niños también aprendían a darse cuenta de qué tipos de información y de actividades les interesaban y los energizaban naturalmente. Por lo tanto, grandes y chicos conocían con íntima certeza cuáles eran los tipos de cosas que sus cerebros comprendían con mayor facilidad y con menor esfuerzo. Sabían si les atraían los juguetes, los juegos y qué era lo que más les llamaba la atención en general: el hacer las cosas organizadamente, ordenar los colores y los sonidos hasta alcanzar la armonía, lograr contacto ocular con otras personas para entablar una amistad o mover las cosas y crear nuevas maneras de verlas, explorarlas, o bien tomar buenas decisiones.

De esta manera, los niños aprendían a interpretar las señales de su propio cuerpo y a seleccionar naturalmente las actividades, los cursos y el trabajo que le resultaran buenos para ellos y que los hicieron felices, puesto que les permitían utilizar sus dones naturales. Los pequeños se daban cuenta de que cuando hacían las cosas adecuadas para su cerebro - cuando el volumen estaba lo suficientemente alto o bajo para su cerebro y el tipo de actividad que desarrollaban requería los dones más especializados de su cerebro- se sentían felices, interesados y eran astutos. Incluso aprendieron a darse cuenta de cuando les atraía una tarea determinada y se sentían energizados por ella, cuando esto era apropiado.

También se daban cuenta de que cuando hacían cosas que no eran adecuadas para su cerebro- cuando el volumen estaba demasiado alto o bajo para este o cuando el tipo de actividad que desarrollaban no requería los dones más especializados del cerebro se sentían aburridos, enojados, resentidos y hasta tontos. Además, podían darse cuenta de que estas sensaciones surgían porque se obligaban a concentrarse en una tarea que no era apropiada para su cerebro.

De esta manera, los niños aprendían escuchar las señales de su cuerpo, a dejarse guiar por ellas y a seleccionar más de esas actividades que resultaran naturalmente energizantes y divertidas. Cuando estos niños crecían y se convertían en adultos, utilizaban lo que habían aprendido a la hora de elegir un trabajo que les permitiera emplear más sus dones naturales en entornos que concordaran con las necesidades de estimulación de su cerebro, y así se sentían felices y energizados por su trabajo.

Un día llegó un dragón malvado y ahí se instaló. Confirió un hechizo sobre el mundo de modo tal que la gente ya no se guiará por su propia brújula interna y personal, sino que hiciera el trabajo que el dragón les encomendara, independientemente de cómo les hiciera sentir tal tarea.

Al poco tiempo las personas dejaron de sentirse felices cuando trabajaban. Se sentían desdichadas y exhaustas. Debido a que el trabajo ya no tenía sentido y era duro, la gente comenzó a fruncir el entrecejo mientras trabajaba. Algunos hasta refunfuñaban. Como estas tareas les quitaban las energías y los hacían infelices, comenzaron a tomar medicamentos que les ayudaran a sobrellevar la situación. Comenzaron a tomar antidepresivos y ansiolíticos. Trataron de luchar contra la fatiga crónica. Y cuando no se encontraban trabajando, no les quedaban energías ni tiempo para la familia. Por cierto, llegaban a casa sintiendo la necesidad de recuperarse de su trabajo bebiendo una o dos copas o leyendo el diario solas. A las parejas no les quedaban energía ni tiempo para disfrutar del estar juntos y expresarse el amor que sentía uno por el otro. Los padres no tenían ni tiempo ni energía para conectarse verdaderamente con sus hijos. Por lo tanto, no conversaban con ellos ni los escuchaban. Tampoco jugaban con ellos.

El mundo era un lugar muy triste. La vida no tenía sentido. La gente ya no sentía la dicha de estar viva. Las risas surgían con dificultad y muy esporádicamente. Todo esto se debía a que las personas habían olvidado la manera de reconocer y escuchar la voz de su propia brújula y ya no se dejaban guiar por ella. De hecho, no existía ni un solo adulto que pudiera enseñarles a los niños más pequeños que era esa brújula interna punto A medida que pasaba el tiempo, el mundo se convirtió en un lugar más triste aún. La vida tenía cada vez menos sentido. La mayoría de la gente estaba cansada y confundida por el hecho de estar viva. Las risas eran muy poco comunes. Todo esto debido a que nadie recordaba ni sabía cómo usar su propia brújula ni cómo dejarse guiar por ella.

Hasta que un día se murió el dragón malvado. Como suele suceder con la magia, su hechizo murió con él. Y debido a que la naturaleza de las personas era estar felices y encantadas de la vida, de a poco comenzaron a reconocer nuevamente la voz de su propia brújula y se dejaron guiar por ella. Una vez más hacían cosas que los energizaban, cosas de las que disfrutaban y en las que encontraban un sentido.

A medida que la gente volvió a aprender a valorar y a utilizar su propia brújula, más personas comenzaron a trabajar y a sentirse felices. Esa es la razón por la cual el mundo es una vez más, un lugar feliz donde la alegría y la risa surgen fácilmente y con mayor frecuencia para todos. Todos aprenden a darse cuenta de cuánto estímulo necesita su cerebro y qué clase de actividad desarrolla con mayor facilidad y eficiencia. Esto se debe a que todos escuchan y sigue la voz de su propia brújula interna...

(De Maximizando - PH.D. Katherine Benziger)

Share
© 2018 Agencia WEBX. P° de la Castellana 79, Madrid, 28046
Creado con Webnode
¡Crea tu página web gratis! Esta página web fue creada con Webnode. Crea tu propia web gratis hoy mismo! Comenzar